El compartir consciente

La vida te pone delante lo que necesitas en cada momento, para evolucionar. Para hacerte cada vez más consciente. Según tu forma de pensar, tu estado emocional, tu insconsciente, tu vibración, etc atraes a tu vida esos espejos, en los que te proyectas y te ves reflejado, a veces tienen forma de situaciones, a veces de personas, a veces no te gustará lo que ves y quizás hasta lo rechaces y otras adoraras esa imagen, pero siempre están ahí para que aprendas. Para que aprendas cada vez más de ti mismo.

Esto lo había leído muchas veces durante todo el tiempo antes de irme de viaje, y también me había dado cuenta de ello, pero realmente, viajando, todo lo leído anteriormente, lo había ido poniendo en práctica, a veces coincidiendo, a veces desabancándolo, pero siempre experimentándolo en mi cuerpo, para comprender, al fin, como funciona la vida.

Durante todo mi viaje, en realidad, no proyectaba el hecho de que se uniera alguien a él, y así pasó, conocí gente, pero no compartieron dirección, que sí camino, conmigo. Tenía en mente, que era un viaje para mí, para aprender de lo que me había dado tanto miedo siempre, la soledad.

Así que, pensaba que viajar con alguien, era salirme un poco de mi objetivo principal, el experimentarme.

El experimentar ese estar conmigo como algo realmente positivo, que me gustara estar conmigo, hacer las paces conmigo misma. Observar la mujer que soy y en lo que me he convertido.

Convertirte y Ser la persona que quieres tener a tu lado, para nunca más tener que salir a “buscarla”, sino atraerla para que te encuentre.

Aunque es verdad que cuando viajas sola, o con predisposición a, estás más abierta a lo que surja y a quién surja, y cierto es que, como me fue pasando, cuando conoces a alguien durante el viaje que, por algo, te toca dentro, la relación se convierte muy rápido en como si llevaráis toda la vida esperándoos.

No necesitas más que unas horas para conectar con alguien, una comida que se alarga hasta la cena, un eterno, pero a la vez ameno, viaje en autobús, unos días en un templo o unas cenas por los mercados de la ciudad. Y es que no hace falta si quiera, hacer demasiados vínculos, si no los correctos.

Eso te lo llevas, para ti, para siempre. Se queda ahí.

Con G fue diferente, quizá por el hecho de que llevaba un ritmo similar al mío y que, al fin y al cabo, hablábamos a la perfección “el mismo idioma”.

Contactamos en Pai  -Tailandia-, a través de Couchsurfing, una red social de viajeros donde ofreces y te ofrecen el sofá de tu casa así, por amor al viaje. Ella también estaba viajando y me resultó curioso que lo hiciera con su sobrino pequeño, ya me caía genial!

Finalmente no nos vimos allí, el contacto se quedó en mi agenda, algo olvidado, aun así de vez en cuando nos íbamos escribiendo y parecía que nos perseguíamos. Llevábamos la misma dirección, Tailandia, Camboya, Vietnam…

Al salir de la isla en Camboya, “de repente” recibo noticias suyas, estaba en Vietnam y se quedaba allí un tiempo, así que volvimos a hablar, para vernos. Yo iba en esa dirección, aunque no recorrería el país entero, así que, me dije que si nos teniamos que conocer, así sería. Y así fue. Ella estaba justo en la ciudad donde yo finalizaba. La vida en su infinita sabiduría, te pone las personas correctas en el momento adecuado.

Una bocanada de aire fresco en medio del calor tropical, ahora sé que ella, fue “uno de mis regalos” del viaje. Solo bastó un día aventurándonos por la ciudad, para saber que eso no acababa ahí.

Y es que no hace falta tener solo un compañero de viaje como tal, puedes tener muchos a diferentes niveles, al fin y al cabo, todos estamos en el mismo camino, en el mismo barco, y todos en algún momento u otro nos vamos acompañando, a veces nos damos la mano durante mucha parte del sendero, a veces solo un ratito, pero de lo que se trata es de compartir lo que somos, VIDA, amor.

Cuando te adentras en el viaje, que importante es encontrar a personas “no casuales”, que suman TODO. Cada momento, cada conversación, cada escucha, cada silencio, cada tiempo para ambos y para uno, cada compartir. Compartir sin ir más allá.

Y todo “impuesto” desde la libertad, desde el respeto hacia las necesidades de cada uno y del otro, desde el comprender el momento vital de uno mismo y del otro, desde la no imposición desde el NO querer cambiar nada del otro, ni de su experiencia en el momento presente.

De aceptar lo que es. De amar lo que es.

Y da igual que no te vuelvas a ver en meses o que tengas que cruzar océanos para hacerlo, porque sabes que esa libertad, respeto y aceptación, siempre prevalece.

Que sensación de aire fresco. Que sensación de no opresión por o para ser algo que realmente no eres.

Rodearse de personas con las que puedas SER del todo, sin filtro y sin excusas. Sea lo que sea eso.

Nunca ha sabido tan bien la libertad.

G y yo compartimos en Malasia, un ratito de camino antes de mi vuelta a España, y vuelvo a decir que las casualidades no existen porque, quizá, si yo no hubiera decidido volver, no hubiera viajado con ella. O quizá sí, pero diferente, así que, todo es perfecto tal y como pasa. Todo pasa como tiene que pasar.

Quizá aprovechamos muchísimo más el tiempo, porque sabíamos que había un final, y que curioso como esto nos sigue moviendo¿verdad?

El conocer el final de algo, te hace experimentar ese algo mucho más relajado, mucho más intenso, mucho más desde Ti mismo. Desde tu Ser. Desde lo primero que sale de ti. Mucho más desde el amor. Te olvidas del resto de lo que pasa por tu mente, y solo estás ahí, viviendo el presente.

Qué curioso que algo tenga que tener un fin para vivir así ¿no? Estoy convencida de que podemos vivir así, sin miedos.

Lo que no te permites vivir es tan grande como el miedo que tienes a vivirlo.

Así que, cuando encuentras a alguien que sí, viajar en compañía de ese alguien magnifica todo lo que sientes por ti misma. Y entonces es perfecto, tal y como es. Nos despedimos a los diez días, llenas de alegría, amor y felicidad. Por nosotras y por ambas.

Sabíamos que nos volveríamos a ver y que ese vínculo, fuera en la medida que fuera, ya era para siempre. Siempre nos íbamos a acordar la una de la otra, nos volviéramos a ver o no.

Viajar acompañado también está muy bien, pero es que cuando viajas sola y encuentras…

Eso.

Eso es infinito.

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