Mi vida en una mochila

Tras más de diez mudanzas en ocho años, una se va quedando con cada cuál, más liviana de equipaje. Siempre he tenido la bonita costumbre de deshacerme de algo viejo antes de entrar a cada sitio nuevo, bueno por eso, y porque a veces, no me cabía nada más.

Pero esta vez era diferente. Y es que, en un arrebato de locura y desapego, mezclado con algo de ego y de un “a tomar por culo” al final de la decisión, me desprendía de ocho años de mi vida. Ocho años de recuerdos. Aunque todos, materiales.

Llegó un punto en que tenía todo, pero sentía como si no tuviera nada, seguía vacía. Y estaba perdida.

Mi cuerpo me pedía a gritos que cerrara todo ese ciclo. Con todas sus etapas. Que olvidara el pasado. Y soltara todo lo viejo, todo aquello que ya no necesitaba, ni en mi cuerpo ni en mi mente.

Así que, cerraba de una forma muy simbólica. Tras vender y donar absolutamente todas mis cosas materiales, me quedé solo con lo necesario para que cupiera en una mochila de 60L, para así, entrar a lo nuevo, ligera de equipaje.

El desapego a lo material no fue tan difícil como creía, incluso lo disfrute, montando como siempre, una fiesta de despedida. De despedida a una antigua yo.

Y es que, te das cuenta de que cuando haces espacio, el exceso te sobra.

Ahora, vaya a donde vaya, sé que mi nueva “casa” está en mi mochila, y nunca me he sentido tan libre como hoy.

Así, emprendía una nueva etapa, aprender a DESAPRENDER. Aprender a desprenderme de otro tipo de apego. El corporal, el emocional. Del pensamiento. Para al fin, ser LIBRE.

Y encontrar…PAZ.

Encontrarme.

Pero y ¿qué es el apego?

Al nacer, el apego es supervivencia. Es la única forma que tenemos de subsistir, necesitamos de otro para vivir. No podemos ni alimentarnos por nosotros mismos. Y emocionalmente hablando, también estamos perdidos si no tenemos a mamá o papá. Estamos perdidos si no estamos con alguien. Entonces, vamos creciendo y este tipo de vinculación para con el otro, este patrón de pensamiento, va condicionando toda nuestra vida.

Apoyado por todo el concepto social que hay de relación afectiva. De poner la RESPONSABILIDAD de tu felicidad en la otra persona, del ideal “romántico” y el obsoleto concepto del “para toda la vida”, de la errónea idea de la naranja incompleta, del sinvivir con el otro. Y así vivimos, pensando que eso es la realidad.  

Apego es no estar presente. Vivir en otra época. Pasada o futura. Ambas inexistentes. Apego es control. Control es miedo. Apego es miedo. Miedo a perder. Perder cosas, perder personas, perder emociones, perder pensamientos, perder, perder, perder…hasta la vida. Y así vivimos, con puro MIEDO.

Pero ¿se puede perder algo que nunca te ha pertenecido?

El origen, pues, siempre es el mismo. LOS PADRES. Observas los patrones de dependencia emocional de y con tus padres. Entiendes que lo primero a modificar son los lazos de apego con ellos. Eso no significa dejar de hablarles o dejar de quererles. Significa empezar a amarles. Tal y como son. Sin querer cambiarles. Aunque no sea de vuelta.

Significa reconocer y poner consciencia.

Significa darte cuenta de que ya no necesitas su opinión, que no te condiciona lo que puedan o no pensar. Que ya no te afecta lo que piensen. Sabes lo que vales, lo que necesitas y lo que quieres. Significa coger las riendas de tu vida y seguir tu propio instinto.

Significa CONFIAR en tu escucha y tu corazón. Nadie tendrá las respuestas adecuadas más que él. Y aunque no fuera así, es perfecto, porque lo has decidido tú. Nadie decide ya por ti. Nadie te dice si está “bien” o está “mal”.

Significa pedir opinión pero sin que te condicione. Sin que te dé una solución, que te diga lo que hacer. Aún así, aceptándola y agradeciéndola. Porque sabes que si te dejas influenciar, no sigues tu camino. Tu escucha. Y siempre pondrás el foco fuera haciendo responsable a alguien de algo, algo que es solo tuyo.

Significa que ya no necesitas esa constante aprobación de mira papá, mamá ¿lo he hecho bien? mira, ¿me miras? Como cuando eras pequeño.

Ahí es cuando llega el desapego.

Llega cuando te das cuenta de que no estás aquí para cumplir las expectativas de nadie. Padres, pareja, amig@s, SOCIEDAD.

Que no le debes nada a nadie.

Que no defraudas a nadie.

Por fin lo comprendes. En cuerpo y alma. Y comienza la revolución.

Ahora, te quitas la venda de los ojos, arrancas la tirita de un tirón. Observas y reconoces esto en ti, que hay una tendencia a la dependencia emocional en todas tus relaciones sociales. Que, por cubrir tus carencias afectivas con el otro, sueles entrar a toda relación desde la necesidad y no desde la elección. Te empiezas a replantear todo tipo de vínculos.

¿Cómo son? ¿Desde dónde creo vínculos? Reconoces y rompes con todo. Pones sanos límites. Te quedas en soledad. Vas a ti. Contigo. Es tu manera.

Romper y restaurar.

Para recuperar.

Para recuperarte.

Para emprender ese viaje.

Transformar el apego en amor.

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