Lo que he integrado del silencio

¿Qué pasaría si estuvieras en silencio, sin móvil, libros, ni pantallas durante diez días?

Últimamente, me gusta preguntarme si sería capaz de superar mis miedos en forma de “¿qué pasaría si?” porque consciente o inconscientemente llamas a situaciones que te pondrán en esa tesitura, les llamas para que vengan, para demostrarte que en realidad, no pasaría nada, que serías capaz de hacerlo perfectamente. Y así, el miedo se hace menos miedo.

Si echo la vista hasta un año atrás, tras tomar la decisión de irme de viaje y en ese comienzo profundo de búsqueda insaciable de conocimiento, de todos los porqués y darse cuentas, la palabra Vypassana llegó a mi ordenador seguida de una sensación de vértigo y vacío existencial, al leer de qué iba. Entrar y estar dentro de ti, pararte a ver que hay, el dolor, el malestar, etc, era una de las cosas que más miedo me daban, por miedo a lo que me fuera a encontrar, aunque luego te das cuenta de que lo que te encuentras es tan bonito, que piensas hasta porqué no entraste antes. Pero el maestro no llega hasta que el alumno está preparado, dicen por ahí. Así que, todo tiene sus tiempos y sus momentos. Ahora sé que además, verse a sí mismo, a veces, es muy doloroso, aun así, es el camino a la liberación, o por lo menos, el mío. Pero en ese momento, para mi mente eso era un shock, diez días en silencio, INCOMUNICADA, sin leer, ni escribir, solo contigo y tu respiración? Inseguridad, ansiedad, MIEDO.

Hoy por hoy, cada vez que puedo, no dejo de hacer eso, acompañarme a la respiración.

Durante todo el año pasado, pude experimentar que, los mayores miedos, esos que te generan todo tipo de sensaciones en el cuerpo, solo te están indicando el camino a seguir. Que por mucho que te cueste, si estás destinado a “volar”, te dará miedo volar, pero eso es lo que debes hacer. Así que algo me decía que iba a ser por ahí. Paciencia. Si algo he ido aprendiendo, es que todo llega en el momento justo para que lo disfrutes sin necesitarlo, sin desearlo, sin apego.

Hoy, tras un año y medio de ir entrando dentro de mí, poquito a poquito, de ir encendiendo luces, barriendo suelos y sacando bolsas de basura llenas de mierda, puedo decir que, la vida me lo puso en el camino para que lo disfrutara sin esperar nada del resultado, así que, lo cogí hasta con ganas. Sin expectativa o al menos, con la mínima, de lo que iba a pasar o no, qué iba a conseguir o no con las meditaciones , iba solo por el mero hecho de observar lo que pasaba, y porque, para mí, era otro reto más.

Justo el fin de semana de antes, había experimentado un ayuno de 52h y en silencio. Ahí, fui muy consciente de lo de observar con perspectiva, a solo eso, observar, a no creer que eres el síntoma. Anteriormente, para mí, esto era impensable de nuevo, todos los ¿y si? catastróficos y mortales venían a mi. Con este experimento, pude darme cuenta de que, a lo que realmente le había tenido miedo siempre, era a las sensaciones corporales desagradables, las rechazaba y no hacían más que aparecer, con el ayuno, empecé esa observación sensorial y a acoger cualquier sensación que llegara a mi, a dejar de creerme que yo era el síntoma. Solo era mi cuerpo experimentando esa sensación. Pude observar cómo, permaneciendo ahí, sosteniendo eso, iba pasando esa sensación.

Con esta entrada, ya empezaba a tono el retiro de meditación, aun así el estar allí fue una observación mucho más intensa, muchas horas contigo, en silencio. De las 17 horas que estabas despierto 11 horas al día estabas, casi sin poder moverte, meditando, una heroicidad. Lo cual te hace ir mucho más adentro, hasta el punto de aburrimiento. Tan adentro que, a veces asusta, pero luego te das cuenta de que todo son mecanismos que tiene tu mente para llevarte a ese malestar continuo.

Así que, ¿serías feliz en 10 días de absoluto silencio? -me pregunto uno de los días-.

A veces sí, a veces no. Como en general. Para mí el concepto de felicidad, ya se ha ido conviertiendo, con el paso del tiempo, en algo pasajero. También es impermanente pues. Lo que me acerque a la libertad y a la paz conmigo misma, al dejarme ser, se acerca más al concepto de “felicidad” que pueda tener, pero e incluso eso es permanente? También lo dudo.

Desear un estado de felicidad o paz permanentes es lo que nos lleva a no “encontrarla” nunca, no entendemos que eso en realidad es lo que somos, y que no tenemos que salir a buscar nada, solo hay que dejar que ella nos encuentre. Al desearla, al necesitarla con carencia, “porque no tengo la felicidad y la necesito para ser feliz” -valga la redundancia-, solo hace que ella, rehuya de ti, atrayendo a tu vida, justo lo contrario.

Durante los diez días de silencio y en consecuencia soledad, pasé por todos los estados emocionales. Al principio fue la rabia, mucha, mucha, luego llegó la paciencia, el amor y la aceptación. También me venía a visitar el miedo, el nerviosismo y desconfianza. La desconfianza de mi propio amor. La impaciencia por salir, ¿sería diferente si no “me esperara nadie”? -me preguntaba-. El dolor y la tristeza, dejándolas brotar. Y la risa floja de la desesperación por el hecho de estar cansada y no querer estar estar ahí.

“No tienes porque aceptar todo aunque lo hayas elegido, puedes cambiar de opinión, sabes?” -me decía a veces-. Aún así, aunque mi mente, sobretodo los primeros días, quería irse de allí, y no hacía más que buscarse excusas, para evitar entrar más adentro, me quedé, permanecí, profundicé. Y me doy las gracias por ello.

A lo largo del día había muchos momentos de calma, paz, contacto con la naturaleza y tranquilidad. Y con el paso de los días, ya me permitía aburrirme, estar por estar, observar por observar, las hormigas, su mecanismo, el cielo, las nubes, observar cómo los rayos de sol incidiendo, a través de una pasmina, en mis ojos creaban formas y colores. ¡A lo que llega el aburrimiento! -me decía-.

Mi mente creaba historias, y yo jugaba con ella observando que me contaba, luego la realidad me demostraba como esas historias eran mentira, ya que al final, acababa pasando otra cosa. Mira, como en tu día a día -pensaba-.

Mucha, mucha observación de como funciona mi mente, que patrones la dirigen y que estrategias tiene para llevarme al sufrimiento. Ella sabe que heridas tocar, que generan una emoción tan vívida que parece que esté pasando eso en este momento. Observar la emoción que genera el pensamiento -recuerdo- y que sensación genera en tu cuerpo.

Ahí se encuentra el verdadero trabajo para dejar de reaccionar impulsivamente por ellas y llenarte de negatividad, o al menos, hacerlo menos veces. Desarrollar la ecuanimidad, para responder en vez de reaccionar. Dejar de rechazar el dolor y desear el placer. Nuestra fisiología funciona así, asi que ponerlo día a día en práctica, con atención, es la heroicidad. Y eso, a veces, no es fácil. Atención a que lo único que importa es el lugar donde estás, en el momento que te encuentras, porque el resto…solo es tu mente.

Si todo viene y se va de la misma manera, ¿para que aferrarse entonces?

Observo mi cuerpo. Mi respiración. Mierda está bloqueada de nuevo. Cierro los ojos y observo que siento en mi cuero cabelludo, quizá algún picor, algún cosquilleo, voy bajando hacía mi cuello, sintiendo algún pinchazo de dolor. Paso a mi cara y mi mandibula está tensa. Lo noto y aflojo….haaaa…relax. Siento entonces, como de mi garganta un cosquilleo baja como un manto de luz hacia mi pecho y relaja mi abdomen. Voy a mi nuca y poniendo atención a mis hombros, por la posición, siento mucho dolor, casi agotador, mucha tensión, mucho peso, demasiado. Cuánto pasado cargo – pienso-.

Pero de mis brazos hasta mis manos observo sensaciones muy sutiles, un cosquilleo agradable, casi vibratorio. Mis caderas están demasiado en tensión y en mis ingles siento un pinchazo intenso, agudo y punzante, que recorre hasta mis rodillas con una presión muy robusta. Me quedo en mis ingles y observo, como profundizando en ese dolor, atendiendo ese dolor, puedo dividir las sensaciones, desde más superficiales e intensas a más sutiles si profundizo, y entonces, la intensidad disminuye. El dolor disminuye. Cuando te dejas envolver por él, disminuye, se transforma.

Acabo en mis pies y de ahí vuelvo a subir hacia mi cabeza, a ver que pasa ahora ahí. Han pasado 5 minutos y al ir en dirección contraria, atendiendo las mismas zonas de mi cuerpo, me doy cuenta de que nada es lo mismo. En mis pies, ahora, siento adormecimiento, pero en las ingles el dolor ha disminuido. Ahora solo siento un cosquilleo.

Por el hecho de no moverme y mantener la misma posición con exactitud, ahora, parece que no tenga ni manos ni brazos, han desaparecido, los siento muy lejanos de la percepción que tengo de mi cuerpo en el espacio que me rodea. Pero sé que están ahí. ¡Qué loco! -pienso-. Y entiendo el Yo no soy mi cuerpo. Percibo que solo Soy conciencia.

En mis hombros sigue el dolor, me paro, observo, profundizo y hay mucho más dolor. ¿Qué pasa aquí? Mi cuerpo tiembla, ¿quizá no pueda soportar tanto dolor?, pero al mantener el foco de atención en esa zona, en ese dolor, ahora, sutilmente, siento que dejo de temblar y el dolor va convirtiéndose en adormecimiento. Una sensación de calor me recorre el cuerpo y empiezo a sudar. Las gotas caen desde mis axilas hacia abajo y siento ese cosquilleo casi agradable por mi tronco.

Me pierdo en mi película, ¿qué me está contando mi mente ahora?, quizá un recuerdo llega a mí, y wow, la tristeza me invade, observo como sube desde mi estómago hacia mi pecho un bandazo de energía, que acaba en mi garganta y hace explotar mis ojos, no puedo parar de llorar. Pero me quedo ahí, sin reprimirlo, permitiéndomelo, sintiendo esa tristeza, sintiendo la sensación que me ha provocado ese pensamiento, solo sintiendo, observando y liberando dolor.

Casi ni una respiración focalizándome en la respiración o en la misma zona de atención y a la primera tos de la persona de mi lado, la ira me arrebata convirtiéndose en tensión y acelerando mi fuego interno. ¡Cállate! me gustaría decir-le (me). Mezcla de nerviosismo por la incertidumbre e impaciencia por salir de ahí. De esa sensación. Pero ahora, estás aquí, en tu cuerpo y con tu ira. Sintiéndola toda. Como sube, como baja, como desaparece…

Un sonido del gong, hace que vuelva a la realidad del momento y abriendo los ojos me digo, estás aquí para experimentar realmente lo que escribes, vives y transmitirlo.

GRACIAS.

Y así es, pero el resto, lo narraré más adelante.

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