Lo que he aprendido de viajar sola

Nos da miedo el cambio y cambiar, sin darnos cuenta de que estamos en un continuo cambio fisiológico, cada día. Hay cambio, hay evolución, pero somos contradictorios, estamos perdidos, todos. Y buscamos un ancla, un ancla segura que nos dé esa sensación de control, porque aún no sabemos vivir en la incertidumbre del qué pasara. Pero no podemos pedirle a la vida evolución y cambio cuando nosotros no estamos dispuestos a cambiar y a responsabilizarnos de lo que ese cambio traerá para mí y mi entorno, y esto último es lo que, a veces, hace poco fácil ese cambio, la responsabilidad y poder llevar a cabo nuestra propia autonomía.

Nos da miedo encontrarnos con una persona que creíamos diferente. Nos da miedo ser diferentes de lo que creíamos que seríamos o lo que se supone que deberíamos ser. Pero ¿y qué pasa cuando te encuentras con la persona que siempre has estado esperando? ¿Esa que siempre has deseado tener a tu lado?

Cuando encuentras a esa persona dentro de ti, todo cambia.

Estando en Siem Reap, Camboya, leí algo que me caló, ya que el encontrarme a mí misma había sido uno de los “objetivos” del viaje;

“La vida no va de encontrarse a sí mismo, la vida va de crearse a sí mismo. Los líderes no nacen siéndolo, sino que son creados. Creados por sus elecciones, decisiones y acciones”

Así que, te (me) digo; SÍ, encuentra a esa persona, pero luego, dale forma. “Se la persona que te gustaría tener a tu lado”, ¿qué tipo de persona te gustaría tener a tu lado? Uno de los motivos de mi vuelta fue realmemte este. Convertirme en la persona que quería ser.

Conviértete en eso, y no porque algo en ti este mal y haya que cambiar, simplemente porque estarás direccionando tu vida hacia unos valores, hacia una coherencia contigo mism@, vibrando en la frecuencia que da dirección a tus sueños, y los sueños, hay que seguirlos, aunque te pases toda una vida tras ellos, porque llegues o no llegues a alcanzarlos, harás lo más importante, disfrutar del proceso de perseguirlos.

Lo que más me ha enseñado el viajar sola, es a CONFIAR, en mayúsculas, a confiar en la VIDA, por protegerme siempre, a confiar en mi misma, a confiar en mi capacidad de resolución y de adaptación emocional. A confiar y a crear. A crear todas las situaciones para ir atravesándolas y así, empoderarme.

Todo pasa por algo y el tener un presupuesto limitado, me condicionaba el tiempo de estar viajando, así que me abrió la puerta real, ya no solo imaginaria, a otra manera de viajar.

Viajar un largo tiempo, con poco dinero, te hace estar en una tesitura diferente y moverte desde otro sitio. Más desde la humildad que necesita tu ego. A observar diariamente, qué necesidades básicas y reales tienes. Y por tanto, replantearte muchas cosas “innecesarias”. De como una toalla seca te puede hacer llorar de la emoción. Empiezas, de verdad, a valorar todo lo que tienes. Y a ver como si se quiere, se puede viajar y vivir de la manera que sea. La tuya. Que no hay excusa, el caso es echarle huevos y muchas ganas.

Siempre que podía utilizaba couchsurfing y ya no solo para hospedaje sino también, para conocer gente muy interesante, con unos valores similares a los míos. Hacer workaway “me salvó” los presupuestos y me trajo los mayores aprendizajes del viaje, y no por hacer el voluntariado en sí, si no por todo lo que conllevaba, lo que emocionalmente envolvía y todo lo que aprendía de mi misma poniéndome en esas situaciones, para mí, completamente desafiantes, desbancando mis miedos.

Viajar para encontrar, una persona diferente. Viajar porque sentía que necesitaba trascender muchos miedos, entre otros lo que conllevaba viajar sola, el entrar dentro de mí, la soledad y mi miedo a la muerte. Viajar para observar tu capacidad a enfrentar situaciones emocionales “limitantes”, anteriormente, para ti. Al final, ya me gustaba estar conmigo. Fueran las horas que fueran. 

Para superar obstáculos y barreras que tu misma te habías ido poniendo y que te ibas creyendo del resto, porque nunca habías experimentado lo contrario. Pero, ¿y cuando lo experimentas y desbancas esa creencia? ¡Ayy cuando pasa eso! ¿Y cuando la desbancas una y otra y otra vez? Algo cambia en tu cerebro.

En realidad, no iba a hacer mucho turismo, ni visitar muchos sitios típicos, iba directamente a encontrarme conmigo en todas las situaciones que viví y en las que me puse “a prueba”. Finalmente, incluso, buscaba esos retos o situaciones, para atravesarlos una vez más y decirle a mi miedo, mira, ya no tienes cabida aquí.

Realmente para mí, el viaje fue una prueba diaria, de demostrarme a mí misma que mi cabeza había dejado de tener razón y de un constante salir de la zona de confort, física y mental, de salir de ese patrón de pensamiento catastrofista y lleno de miedo y poner amor en todos esos rincones de mi cabeza, para así, poder disfrutar de mí y de los lugares donde iba desde otro lugar, la calma.

Viajar barato realmente me enseñó a viajar y a v i v i r.

12 semanas y algo hizo clic. Algo había cambiado, para siempre. Recuerdo que todo lo que vivía viajando, me lo tomaba como “un entreno”, quizá para la vida que siempre he soñado, pero no me atrevía nunca a agarrar. Una vida basada en vivirla, en compartirla y no solo en trabajarla, basada en la libertad y la paz, pero eso, a veces, conlleva riesgos.

Para ir en una dirección debes soltar lo que te sigue tirando de la mano que hace que, por miedo, te quedes donde estás, sin salir, sin cambiar. Y eso, a veces no es fácil, ni rápido, si quizá doloroso, pero aun así merece la espera.

El viaje, me empezó a enseñar a cómo vivir cómoda en la incomodidad. Al final, yo me sentía muy cómoda, aunque había momentos duros y de soledad, de quizá necesitar algo de apoyo, pero al final hasta en esos momentos me sentía tranquila, porque sabía que esa incomodidad pasaría.

Tras proponerme el hecho de vivir con 10€/día, no podía plantearme el comer en un restaurante “de lujo” o beber agua siempre embotellada. Así que empecé a actuar como la gente local…le fui cogiendo gusto a los mercados pordioseros, que años antes ni me hubiera acercado. Y cuando mi mente venía a por mi, siempre pensaba: “esto está demasiado bueno para estar malo o para enfermarme” y así era. Disfrute muchísimo de la comida local de todos los países en los que estuve ya que era verdaderamente auténtica. Los restaurantes en las propias casas (muy común allí) se convirtieron en mis apuestas seguras.

Una de las cosas que más aprendí fue la paciencia respecto al tiempo “perdido”. Pasaba muchas horas conmigo. Y pasaba muchas horas en transportes públicos para moverme de un sitio a otro y, el ritmo Asiático, es…digamos, diferente. Caótico. Lo que son 5 horas en autobús se pueden convertir en 9 o más. Allí funcionan de otra manera, pero ese es su encanto. Allí, hay caos, hay ruido, mucho. Pero dentro de eso, hay orden y respeto. El caos ordenado. Curioso. Después de pasar 24 horas en un autobús que finalmente se convirtieron en 27 ya no había tiempo perdido. Al final todo se convertía en un “a ver que me encuentro aquí hoy”, y eso lo hacía divertido y excitante. Aprendes a ir…sin prisa. Al ritmo del día a día.

El viajar así, de esta manera, también te enseña a que cada día, es único y lo vives al máximo, como si no existiera el mañana. Porque quizá mañana tu plan cambia, porque un autobús no sale a su hora o pierdes el tren, o está lloviendo demasiado y te tienes que quedar o ir de la ciudad a otro sitio y así, por tanto, vas adaptándote, rápido al cambio y a la incertidumbre del qué pasará. A sacar todas tus herramientas para afrontar esa incertidumbre e improvisación, y oye, en realidad te acomodas rápido a vivir así. Tu única preocupación del día, quizá, es encontrar un hostel y comida barata, mientras pateas y pateas la ciudad.

Ya no era un turista, sino una viajera.

Este viaje surgió en un momento de mi vida en que todo se tambaleaba y vi la oportunidad de hacer aquello que siempre había querido hacer, salir, volar, dejar de esperar y atreverme a cumplir mis sueños, aunque eso significase hacerlo sola, o más bien, conmigo.

Pero durante los siete meses previos a salir, la vida o yo misma me fue poniendo diferentes y pequeñas pruebas, relacionadas con pequeños o grandes miedos. El viaje del héroe ya había empezado sin ni siquiera saberlo. Superándolas con creces, fui empoderándome y demostrándome a mí misma que sí, que si podría hacerlo. Fui creando todas esas situaciones, que me iban confrontando conmigo y mi zona de confort. Todos los procesos por los que pasé antes de viajar, desde el decidir dejar mi trabajo, desprenderme de todas mis cosas materiales, volver a casa de mis padres y un largo etc. solo iban forjándome emocionalmente más fuerte para conseguir coger un avión yo sola y plantarme allí en el aeropuerto de Bangkok. Recuerdo estar en el avión y escribir;

“Wow, lo he hecho, estoy aquí en un avión de camino a Bangkok y estoy tranquila, como si esto ya lo hubiera vivido antes”.

Confrontar y trascender tus miedos, al principio no parece nada fácil, pasas por muchos estadíos y etapas, pero no es hasta que lo haces, que en realidad ves, que es la cosa más jodidamente fácil del mundo, porque detrás de todos ellos, se encuentran tus mayores sueños.

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