En una isla desierta

La última vez que supe algo de G, me contaba que se iba a una famosa isla de Camboya para desconectar, en la que, en muchas ocasiones, casi no había ni cobertura. Y automáticamente, por mi mente pasó un “uff sin cobertura = incomunicada, ¿en una isla? ¿sin poder salir?”, y ligeramente, un no podría acompañó a ese pensamiento inicial e igual que cuando le das al botón de enviar a la papelera de reciclaje?, pues así fue; descarté la idea por completo.

Hacía una semana que había decidido apostar por mí, y no sabía nada de J desde la última vez que cerramos en Battambang. Yo seguía allí de paso, echando solicitudes de Workaway en los diferentes pueblos o ciudades del país para continuar ruta, y que me fueran encaminando en dirección al siguiente. Y así iba haciendo, al que me contestaba primero ahí iba.

Encontré una solicitud de un chico francés que necesitaba ayuda en la construcción, limpieza y decoración de una especie de “hotel-cabaña” holístico que estaba montando en Ko ta kiev, una isla de Camboya. Planteaba actividades como yoga, meditación, y diferentes terapias alternativas. Y en ese momento, me vi ahí. La oportunidad perfecta para sanar y reencontrarme. Así que, sin pensármelo demasiado, le di a aplicar a la solicitud y la respuesta fue inmediata. ¡Genial! ya tenía nuevo destino. La verdad que, ni se me pasó por la cabeza el hecho de que fuera una isla desierta. La “necesidad” de estar conmigo y lamerme las heridas tranquilamente, era mayor a mis miedos en ese momento.

Mochila a cuestas y de nuevo en ruta. La isla se encontraba al sur del país, con lo cual, debía llegar antes a Phnom phen -la capital- y desde allí coger otro autobús hasta una ciudad costera, desde donde partían los barcos en camino a las islas. Finalmente, tardé tres días en llegar, aprovechando la parada en la capital, me quedé un par investigando qué me ofrecía la ciudad.

Y encontré gente maravillosa y hospitalaria, en una de las solicitudes de Couchsurfing, di con una chica filipina, que me hospedó en su casa y me invitó a conocer a su familia en un pueblo cercano a la ciudad. Gente que aun teniendo poco te lo dan todo. Me ensanchaba el alma.

Una vez en la capital, me puse en contacto con el chico de Workaway para concretar día y tuktuk. Tenían “uno especial” ya que el embarcadero desde donde salían los botes para llegar a la isla, no era en la zona habitual.

El trayecto hasta llegar allí, era un poco lioso y mi mente ya estaba con la escopeta cargada, y los “y sis” resurgían de nuevo, aunque casi siempre conseguía calmarla. Los “estás aquí por algo” ganaban fuerza en confianza.

Una vez allí, y con las presentaciones realizadas, concluimos a conocer las tareas diarias. Limpiar la playa y el área de las cabañas por la mañana y, en mi caso, pintar por la tarde.

Sabía que no tenía demasiada interacción con el grupo, pero para mí ese tiempo era de reconstrucción, del hotel y de mí misma. Me permití ser en todo momento, no era yo la que hablaba era mi tristeza y mi dolor, pero, aun así, me lo permitía.

Ahora estaba así, y no forcé en hacer, decir o hablar más de lo que debería o de lo que mi alma me pedía. Me limitaba a sacar bolsas y bolsas de mierda, de la playa y de mi interior. Y a aprender a amarme en esa mierda, experimentarme ahí, a través de mis manos, las pinturas y mis emociones. Soltaba lo que el cuerpo me iba pidiendo, y así, encontré la liberación de dolor, rabia y tristeza. Todo lo que fui, me lo di, y eso me trajo de vuelta mucha belleza, mucho amor, mucha paz. Por mí.

La expresión con la pintura, me llevó a experimentar en momentos muy sostenidos la presencia. A encontrarme con esa emoción, ahí, en frente, en la madera y en mis manos, sostenerla, darle forma y color y amarme en esa emoción. Eran mis momentos preferidos del día porque estaba conmigo, liberándome.

A lo largo de los días pasábamos por muchos momentos, eran épocas de temporal y lluvia, así que casi cada noche había tormenta, la misma que yo llevaba por dentro. Aun así, a pesar de la incomunicación con el exterior, me gustaba quedarme un ratito antes de ir a dormir observándola, viendo como estaba de revuelto el mar y observando como mi mente se quería ir de allí, para no sentir, dolor. Y cómo curiosamente, no podía huir a causa del temporal, así que, siempre me calmaba un: esto pasará.

Hubo muchas tormentas, pero a la vez mucho amor, de mí y hacia mí. Desde que llegué, la perrita del hotel, me dio la bienvenida y me acompañaba en mis sueños cada noche, así que se podría decir que no dormía nunca sola. Ella sabía que tenía que estar ahí y acompañarme en mis miedos y dolor.

Finalmente, a pesar de todas esas emociones que los días me iban trayendo, estaba tranquila, estaba segura, porque había conectado conmigo. Sabía que, si estaba conmigo, nada podía pasarme. Y sabía que todo pasaría, la tormenta no iba a ser eterna y llegarían los días claros. Así fue. Y así resurgió la luz en mí.

Partí de la isla más llena de amor que nunca, había dejado de huir de mí misma, todos los “no podría”, mis miedos y dolor, se habían chocado conmigo allí, en una isla desierta al sur de Camboya de la cual no podía salir a causa del temporal. Así que encontrarme y acogerme en ellos era la única opción. ¿Qué otra cosa si no?

La vida siempre te da lo que necesitas en cada momento, acorde con lo que necesita ser escuchado de ti, para que, de una vez por todas, lo atiendas y lo traspases.

Camboya me hizo sacar mucho dolor, mucha tristeza, pero a la vez mucha alegría y amor, amor por mí y de los otros hacia mí. Y eso es lo más bonito y mejor de la vida. Esas sensaciones encontradas en las cuales nos movemos día a día. El encontrar el amor en la tristeza o en el miedo. El encontrar lo bonito en lo desagradable, así que siempre hay alguna razón por la que estar agradecido.

Gracias Camboya.

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