Hoi an y tu ex

Cuando llegué a Vietnam, solté. Toda la energía de Camboya, la tristeza, el dolor, y solté a J. Solté el hecho de querer que fuera diferente. Me liberé de esa energía de aferrarme a algo/alguien, del “lo que yo quiero” y no lo que la vida me da. Hacía semanas que habíamos dejado de hablar. Y como en todo duelo, la aceptación y comprensión por mi parte hacia mi proceso y hacia el suyo, iba siendo evidente. Estaba cada día más en paz con esa decisión. Ya no había rabia. Ni hacia él ni hacia mí. Seguía habiendo amor y gratitud. Solo quedaba confiar.

Después de pasar un día en Danang, compartiendo vida, me levanto al día siguiente con ánimo de coger el autobús local para ir a Hoi An, una ciudad, para mí, de las más bonitas de Vietnam. Sabía que, si quería coger el autobús, debía madrugar, más que nada para encontrar la, casi invisible, parada de autobús. En realidad, eso me encanta de estos países, porque si quería viajar barato, tenía que ahorrar en transportes, comida y alojamiento y eso conllevaba la mayoría de veces, buscar todas las opciones locales posibles, pero, por otro lado, era lo mejor de la situación porque te permites interactuar con la gente de allí, pides ayuda o simplemente te la dan por el mero hecho de verte “perdida”. Así que, te llevas tantas sonrisas y buena fe que te sientes plena al final del día.

Pero de camino en el autobús, una imagen suya apareció por mi mente. Y al parecer, fue una invocación en cierto sentido. El corazón me empieza a palpitar a mil, J ha colgado algo en sus historias de WhatsApp, pero con la coherencia que me pedía mi corazón, le doy al botón de silenciar.

Hoi an, era una ciudad preciosa, con un casco antiguo lleno de historia y calles entrecruzadas. Un río separaba una zona de otra y una característica especial y esencial hacían de esa ciudad, una de las más bonitas que había visitado. La ciudad de las luces y farolillos. Cada calle tiene uno especial y en particular, de todos los colores y tamaños que puedas imaginarte y por eso la hace tan turística. Te puedes encontrar a quién quieras allí, incluso a tu Ex.

S desapareció de mi vida hace ya varios años, sabía incluso que se casaba, pero no sabía que me lo encontraría de luna de miel.

Fue todo un asombro al poder de creación mental, porque, unos días antes, un pensamiento de simple curiosidad por el lugar de su luna de miel, pasó por mi cabeza, con una carcajada interna y un te imaginas después. En realidad, verlos allí fue una alegría, ya que no había visto a nadie conocido en todo el tiempo viajando obviamente, pero luego un “ostras que es él”, me frenó a ir a saludar con la efusividad de cualquier otro encuentro.

Pero la curiosidad del simbolismo, y los “qué fuerte tía”, estuvieron presente durante el rato de paseo.

Sigo pensando en que las cosas no pasan por casualidad. Es la vida hablándote. Y en Hoi An se refutó la teoría. Una de las ciudades Vietnamitas más bonitas y románticas que he visto nunca, llena de parejas. Se respiraba amor en cada rincón. Y yo, aunque sola, bueno, conmigo, estaba feliz, estaba feliz y en paz de estar allí. S solo me había venido a mostrar algo que también deseaba, pero que, en ese momento de mi vida, solo había una persona capaz de dármelo: yo misma.

Estaba en paz y plena, por el lenguaje que la vida utilizaba para comunicarse conmigo. Estaba en paz por el hecho de estar allí, había dejado de desear que fuera diferente, de desear que J viniera a acompañarme. No era su momento, sino el mío.

Y como un fantasma que vino, se fue. No volví a verlos más, así que fue esa señal necesaria de cierre. De cierre conmigo misma en esa lucha. Estaba feliz porque la vida me iba hablando a cada paso que daba.

Hoi an me transmitió mucha belleza, esa que encontré dentro de mí misma.

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