27 horas en un autobús

Finalmente, tras solo 10 días, dejaba Vietnam. Estaba agotada. Mentalmente y físicamente, Vietnam, a veces, tiene una energía abrumadora. Quizá por el hecho de querer seguir una ruta. “Rápido que se me acaba el tiempo de estar aquí” -pensaba-, sin darme cuenta de que estaba en cada momento en el lugar oportuno. Cada cosa a su tiempo y a su manera, ya que finalmente, toda la ruta que organicé al principio de llegar al país cambió completamente, pero y es que, el viaje y la vida, es así. El continuo cambio. Y has de aprender a moverte en ese fluir.

Mi mente sabía cuándo era el momento de actuar, quizá por el hecho de que físicamente también estaba cansada, así que no dudó en hacerme volver a la caja de recuerdos, donde sabía que había algo que escarbar: Miedos. La primera vez que viajé a Vietnam, hace un par de años, aunque fue en familia, para mí supuso un antes y un después, porque vi que, aun con todos mis condicionamientos y miedos a salir de la zona de confort viajera, – que si el agua, que si las comidas, que si la insalubridad, que si mala sanidad, que si inseguridad y algún que otro etc – pude empezar a plantearme eso de ir tras uno de mis sueños, viajar, viajar a todos esos lugares mágicos y exóticos, llenos de fauna y naturaleza.

Aun así, mi mente me transportaba a esas historias que yo misma me contaba, que me hacían normalmente no salir de donde estaba. Y es que la mente, es así, de repente, mismo sitio, mismo lugar, persona diferente, pero ella, se va ahí, a esa historia de inseguridad, te trae el recuerdo que conecta con tu inseguridad y la soledad y, lo más importante, conecta contigo con esa sensación física que evoca esa emoción. Te trae la emoción al presente. Y ¡PAM! te lo crees, vuelve el miedo por unos instantes, la ansiedad y el nerviosismo.

Así que, tuve varios momentos de creerme las historias que me contaba. Estaba cansada de decidir sola. Eso me agotó, y decidí salir antes de lo previsto para Laos, bajar el ritmo de planificación de ruta y de ahí ya veríamos lo que me deparaba la vida. Me hizo pensar en muchas cosas de cómo quería vivir el siguiente país. Con calma. Así que decidí que solo iría a la zona norte del país.

A través de la plataforma Workaway, había contactado con una chica que, en un pueblecito del norte de Luan-prabang, fundó una asociación para enseñar a hablar inglés a los niños de allí, así que, contactamos y eso era lo único que tenía previsto. Después ya veríamos. La verdad que, después de Laos no sabía dónde quería ir, no me sentía en ningún país más. Esto fue rigiendo en gran parte todo el viaje, intentaba escucharme profundamente y sentirme en el lugar. El país me acababa llamando.

Para llegar allí, se me planteaba otro reto, 27 horas en autobús. El viajar barato, conllevaba eso, transportes terrestres y cruzar fronteras a pie.

En otra época no muy lejana, no se me hubiera pasado por la cabeza el hecho de estar encerrada tantas horas sin hablar, o si, pero con un “no podría” delante de la frase. Benditos “no podría”, que me demostraban día a día que sí. Y tanto que sí.

Pero anteriormente, el hecho de pensar en estar más de 6 horas conmigo, en algún lugar sin poder salir o cambiar, era algo abrumante, y no me permitía vivirlo, y así pasaba, que pasaban muchas cosas por delante de mis ojos, entre otras, la vida.

Ahora en cambio, casi que busco eso como otro reto, así que internamente acepté el viaje. Pensé, bueno aquí hemos venido a jugar, ¿no? Además, tampoco tenía prisa por llegar a ningún sitio. El ritmo asiático y el del propio viaje, me iban enseñando poco a poco a vivir sin prisa.

Inconscientemente me lo tomé como un tiempo para desconectar, un poco de ese cansancio y de mí misma. El billete de autobús me lo compró una amiga vietnamita, por tanto, los pasajeros y conductores eran todos locales. Estábamos ellos y yo. Una gran aventura. Lo que me dejaba sin poder comunicarme con nadie. Solo conmigo. Un pensamiento que rondaba en los momentos de “tensión emocional” era…esto también pasará. Y así es. Pasa.

Lo acepté como parte de mi propio reto y me negué a comprar una tarjeta SIM al cambiar de país. Quería vivirlo como una experiencia más, el hecho de estar incomunicada tanto tiempo y sin evadirme en las redes sociales. Vivir ese momento de soledad, para ver qué pasaba por ahí. Así que, me permití simplemente observar. Observar todo lo que pasaba delante de mis ojos y en mi mente.

Y pasó que encontré paz.

Lo que el tiempo me iba enseñando es que cada vez me daba menos miedo estar conmigo, cada vez estaba más a gusto estando conmigo, pasando horas muertas conmigo misma. Viendo como no era tan malo estar conmigo, me gustaba. Y parece ser que cada paso que daba, consciente o inconscientemente, iba in crecciento en este sentido.

En esas horas de viaje España pasó por mi cabeza. Y cada vez le encontraba más sentido la posibilidad de volver a trabajar, recargar buche e iniciar la marcha de nuevo. Aunque muy en el fondo de mí, sabía que el motivo era otro distinto, aun así, no me permitía navegar mucho por ese pensamiento. Sin darme a mí misma muchos aires de grandeza, dejé por fin, que mi cabeza solo estuviera en el momento que estaba viviendo.

Y cuando eso pasó, no podía estar más feliz de haber optado por el transporte en autobús. Mis ojos no podían creer lo que veían, carreteras infinitas entre montañas. Esas que, en la lejanía, casi rozaban el cielo de lo altas que se veían. Dejándote que te adentraras más y más en ese color, esperanza. Verde, verde y más verde. Montaña por aquí y paisaje por allá. No quería llegar, solo disfrutar de las vistas una vez más. Anonadada ante tanta belleza, pensaba: Laos es un espectáculo de país.

Si hubiera tomado un avión, seguramente no hubiera podido disfrutar ni de las vistas, ni de las sensaciones. Aquellas encontradas al vivir y trascender otra experiencia conmigo misma. Un gran acierto tomar el autobús, ya que, como iba aprendiendo a hacer con mi vida, fui disfrutando de las vistas y del camino hasta llegar al destino.

Nos pasamos la vida queriendo llegar a un destino, rápido y seguro, a una meta. Sin ser conscientes de que en el camino está la vida, está la experiencia y es dónde se encuentra la felicidad.

En laos fue el primer país en que me di cuenta del silencio. Y fue tan simbólico, que el ruido interno se apagó a la vez. En laos sabía que volvía. En laos conecté con lo que realmente soy. En laos reinó la paz con todas las decisiones que tomé. Estaba en paz al conectar con mi escucha y esencia: amor.

Y todo fluía.

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