Si duele no es amor, es apego.

No quiero interferir ni proyectar mi experiencia en la tuya. Pero ahora lo entiendo, cuando no es, desde fuera se nota. Aunque sea una situación diferente, al final, es lo mismo: No era mi persona, y eso, se nota. Desde fuera se nota mucho más que desde dentro, porque desde dentro, lo que nos ciega es el miedo.

El miedo al que vendrá después. A la incertidumbre del no saber que hay más allá de una situación tan repetitiva que la acoges como normal, aunque no sea sana. Esa incertidumbre, ese vértigo es lo que nos ata a quedarnos donde YA no. Esa sensación de decepción y/o frustración y dolor, y no, no queremos pasar por eso, porque pensamos que no podremos, que solas no podremos.

Pero sí. Todo pasa. La intensidad pasa, el malestar pasa, la incomodidad pasa, hasta la vida pasa. Lo que no pasa es saber que algo pasa y no es contigo. El fingir estar bien cuando no lo estás, te destroza por dentro. Tu alma se va empequeñeciendo más y más.

A lo largo de todo el recorrido me pregunto muchas veces, ¿cómo sé si algo aquí y ahora es para mí? La respuesta siempre la encuentro en lo mismo: Si te trae paz o no.

Hay un indicativo que nunca falla; el cuerpo. Tu estómago se retuerce cuando YA no. Esa es la señal que le pides a la duda existencial que ahora te acompaña. Y, solo hay una opción para liberarlo, más tarde o más temprano, y es: irse. Irse cuando ya no. Cambiar de opinión. Olvidarse de los, “ahora que he vuelto” o “ahora que he empezado este proyecto”. TU PAZ vale más que todo eso. La valía que nos damos es directamente proporcional al tiempo que nos quedamos donde ya no. Empecemos a querernos un poquito, ya no más, si no mejor. Coger lo que te toca por derecho, e ir a por eso que tu sabes que te mereces y, es mucho más de lo que ahora tienes al lado de alguien que No.

En el fondo, siempre tenemos las respuestas a todas las preguntas que nos hacemos a lo largo de la vida. Solo que se nos hace cuesta arriba, y sobre todo en cuestión de relaciones, atender las consecuencias de esas respuestas.

Un día leí que, el dolor del desamor es tan grande como el amor que te falta de ti misma hacia ti. Es tan grande como el vacío que TU, no has podido llenar aún. O que ni si quiera has visto de ti.

“Nos engañan” y nos dicen que las relaciones hay que lucharlas, esforzarse e intentarlo. Luchar. Qué palabra más fea cuando se habla de amor. ¡Ojo! No digo que no sea así, pero cuando hay una línea en común, para mí, la palabra es trabajarlas más bien, y dejar la lucha para el ring.

Hay que trabajar para remar en una misma dirección, el amor se trabaja, no aparece solo. Y la dirección te la marca tus necesidades como individuo y dentro de la pareja. Y tus valores. Tus ¿qué quiero de esta relación? ¿Hacia dónde quiero que me lleve?  

El enamorarse, -que para mí es la etapa donde se magnifica el apego- es otra cosa bien diferente al amor. Porque, ¿qué pasa cuando acaba el enamoramiento?, ahí es cuando empieza el trabajo, el amor. Empieza la libertad, la confianza, la sinceridad, la comunicación, el respeto, y el honrar los valores que LOS DOS han fijado dentro de la relación.

Pero no hay esfuerzo donde no hay dirección. No hay intención donde hay nerviosismo, malestar o incomodidad. Donde hay turbulencias mentales y nudos en el estómago, ahí, ya no hay nada que hacer en pro a eso, “solo” aprender a volver al lugar que mereces, a ti misma. Darte el valor que necesitas, para poder decir: Ya NO quiero esto. Así no me compensa. NO lo compro. ME duele y hace daño. Y es que si duele no es amor, es apego.

Y es tóxico, y no porque la persona o tú lo seáis, sino porque los comportamientos o patrones de ambos lo son, los de uno por no decir la verdad y los del otro por callar y no expresar SU verdad (sus necesidades).

No creo en las personas tóxicas, en cierto modo, todos lo somos en algunos momentos. Todos tenemos tendencias tóxicas, las hemos ido aprendiendo así y no nos hemos cuestionado si eso para mí es lo que mi alma necesita. Si me expande o me contrae.

Tendencias tóxicas para nosotros mismos y por tanto, para el otro y para la relación en común. Algo se convierte en tóxico cuando los caminos se empiezan a separar y tu empiezas a luchar por evitarlo, tratando de cambiar al otro, a la situación o, incluso peor, a ti misma para mantener algo que, ha muerto.

Tóxico es no darte el valor suficiente como para escuchar a tu alma y lo que necesita en ese momento. Tóxico es dejar de atender tu herida para que lo haga el otro y, forzar la situación para que así sea, y, no se vaya. Tóxico es buscar y dejarse encontrar una y otra vez. Tóxico es hablarte como te hablas cuando necesitas compasión y amor de ti, hacia ti. Tóxico es dejar de vivir en el presente para irme a un pasado que no olvido o vivir en la inexistencia del futuro. Tóxico es perderme la vida, viviendo la vida de entre los deberías para acallar o contentar. Tóxico es no dejarme ser yo misma.

Algo es tóxico cuando no casa con tu momento actual, cuando no es lo que aquí y ahora quieres para ti. Se va poco a poco convirtiendo en algo tóxico porque inconscientemente tú quieres cambiar esa situación, la cual ahora no estas viviendo y deseas, pero no eres tú quién lo hace, es tu ego. Y, o quieres que él (persona o situación) cambie o sin darte cuenta, has cambiado tú, y ninguna de las dos opciones es la válida. Solo existe una única salida para este final, y es el final.

Soltar la relación. ¿Qué fácil decirlo así verdad? Pues no, no lo es. Es el mayor acto de amor propio y valentia. Y es necesario. Irse de donde YA no. Aguantar, forzar la cuerda, la tuya propia, solo te trae más dolor y meses de llanto a escondidas. Y eso no es ni sano, ni es una relación, ni es amor. Tu estabilidad emocional va por delante de todo eso.

Metafóricamente me gusta pensar a las personas como vehículos que te ayudan a alcanzar el siguiente nivel. Dios sabe cuál es tu aprendizaje, el vital, y te lo pone en forma de personas. Quizá ella, solo te ha venido a traer eso que necesitabas aprender (con otro) en ese preciso momento de tu vida. Soltar. Sin presión, con calma pero sin pausa.

Soltar de golpe, la primera vez, es como arrancarse una tirita. Sabes que va a picar, que va a escocer y seguramente te arrancará algún pelillo, pero te armas de valor, echas la vista a un lado y de repente ¡BAM! Tirita fuera. Pica. Te presionas, te acaricias la piel. Al fin y al cabo, te abrazas, y, pasa. Todo pasa.

Arrancarte una tirita de golpe duele, una vez. Hacerlo a medias puede estar doliendo toda una vida.

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