Los animales me enseñan a amar la vida y a vivirla

Tras año y medio, mis gatas están de vuelta conmigo, forman parte de mi y cada día me veo más en ellas y ellas en mí. Es curioso porque a la par de mi conexión con la naturaleza, con mi naturaleza, con la vida, ellas están más unidas a mi Ser, como dos extensiones de mi persona. Están de vuelta para empezar una nueva vida, viajera. Donde ella nos lleve, así se hará su voluntad.

La semana de ir a recogerlas, llegué “asustada” a su casa, habían pasado cuatro meses desde la última vez que nos vimos, y a ellas también. Tras las conversaciones de cierre venideras, al ir a verlas, mi mente egótica seguía con su discurso de que no iban a querer saber de mí, demasiados meses separadas. Pero algo llenó mi corazón de luz cuando dentro del asombro de todas, ella, Thelma, rompió el hielo entre las tres y, en señal de amor y comprensión, me mostró su compasión con un gesto tímido de su cabeza acariciándome las piernas, dándome la bienvenida de nuevo, y, haciendo las paces entre las tres, marcando la diferencia y sellando la herida que en su día, se pudo ocasionar.

Los animales te enseñan más del amor que ningún otro ser aquí en la tierra, y es por eso que quizá me siento tan yo misma con ellos cerca, que hacen sacar todo lo que soy y darlo sin límites ni condición.

En un acto egoísta a la par que egótico  y moviéndome desde la herida y el YO de “permanecer ahí” latente, cual fantasma del que yo misma huía, dejé a mis gatas al servicio del amor cuando decidí marcharme de viaje. Había vuelto, sin ser consciente de ello y simbólicamente, a poner mi responsabilidad emocional y de mi persona en otra. En él. Y digo al servicio del amor porque, aun con mucho ego, tras él había mucho amor, por ellas, por mí y por él. Y el Ser que las acogió como parte de sí mismo, fue un ángel de la guarda para mi corazón y para el de ellas mismas, cuidándolas y amándolas como si de sí mismo se tratara.

Pero parte de mi fue abandonada con esa decisión, ya que al fin y al cabo, ellas soy yo.

Ahora, tras el aprendizaje y ruptura, el tomar la decisión consciente de hacerme responsable de ellas, ha sido el mayor acto de amor por él que haya podido tener. El sacarme de mi misma, a mi fantasma y a mis gatas de otra vida que no sea la mía, con ellas.

El hacerme responsable de mí al 100%, conllevaba tenerlas de vuelta, para que ese fantasma, desapareciera al fin. Y no hubiera sombra de él, ni de mí.

Mis gatas me enseñan a amar tal y como son, al final tal y como yo soy. A las partes que menos me gustan, más de gato y a las partes que más me gustan, más de gato. Ahora las dejo ser gato. He dejado de querer que sean otra cosa y menos, que sean lo que yo quiero, un tapón para mí vacío. Ellas no están para darme cuando yo pido, si no cuando se sienten libres de hacerlo.

Todo lo que sigo aprendiendo de la libertad, ellas me lo muestran. Y la paradoja se hace realidad: cuánta más libertad das, más amor recibes. Cuánto más amor recibes, más libre eres. Porque estás en paz.

Desde nuestro reencuentro, están a todas horas conmigo, allá donde yo vaya van, estamos más unidas que nunca, como si el año y medio no hubiera pasado. ¿Será que yo he cambiado?

Así me lo digo: Los animales son otro reflejo de tu persona. Si te han elegido, es por algo.

La que más me enseña a amar es Louise. A amar lo que es. A amarla a ella tal y como es. Me viene a traer el mensaje de que no esta aquí para cubrir mis carencias cuál peluche al que puedo achuchar, que es un alma libre con su propia personalidad, la cuál necesita su tiempo y espacio para darse. Y no por eso es peor o menos cariñosa, es la suya. Su manera de darse. Y cuando lo hace, es en profunda conexión, con su mirada cómplice.

Ella decide, es libre, es gato, es animal, es naturaleza. Sin coartar. Simplemente ella te permite a tí. Te dice cuándo puedes acercarte sin sobrepasar barreras, y cuando dejas de hacerlo, viene ella y te da todo su amor, entonces tú, debes aceptarlo, sin rechazos, porque es puro. Y, es entonces cuando tu “querer” se convierte en amar. Ya no hay esos “ahora sí, no?”.

Me gusta observarla y ver cómo hace de gato. Cada día más. Ese instinto intrépido, sin miedo. Explorador. Me gusta verla feliz, saltando, juguetona, alegre, porque ahora sí, honra su naturaleza de ser gato. Ella me muestra que debo dejar salir a mi parte de niña. Alegre y libre.

Thelma, en cambio, me enseña, me muestra cuando mi cuerpo y mi alma piden ser escuchados. Ella somatiza en su cuerpo, lo que el mío no es capaz de expresar y lo que mi boca aun no puede soltar. Por miedo. Ella, encuentra mi estrés emocional, limpia esa energía, pero le cuesta acabar de soltarla y liberarla, como a mi me pasa. Asi que, cuando la veo, me veo. Y me cuestiono. Paro y observo ¿qué es lo que pide mi cuerpo? ¿qué es lo que necesita ser escuchado? ¿qué es lo que quiero expresar? Y cuando me doy la oportunidad de cubrir esa necesidad por mi misma, ella, la libera.

Amo a mis animales y ellas me enseñan a amar y a vivir. “Mi perra” me enseñaba a vivir, a pasear de verdad, a que la vida es más fácil cuando no tiras de la correa y solo te dejas llevar por tu intuición e instinto. Pero seguimos queriendo humanizar al animal para que siga por el sendero que hemos escogido. Sin darnos cuenta de que oprimimos, así, lo mismo de lo que nos quejamos: no les (nos) dejamos ser libres.

Yo antes no lo veía así, seguía en el antiguo paradigma del amor (en general), ahora intento fluir con ellas y permitirme ser libre a su lado.

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